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miércoles, 30 de abril de 2014

Las niñas no son princesas


Hace un tiempo leí eso en algún estatus de Facebook: ni las niñas son princesas, ni los niños son lo que sea corresponde a su sexo (supongo que serán superhéroes). Ahora que tengo una niña, me parece que tengo algo qué decir al respecto, si bien es cierto que tengo una y no más, y es nuevecita, así que no tengo ninguna experiencia porque apenas estoy inventando esto de ser mamá conforme avanzo, pero en esto de observar y opinar no me puedo contener así que ni modo.

Encuentro el enunciado chocante. Si las niñas no son princesas, tampoco serán médicas, maestras, científicas, ni nada. A lo que voy es que estamos matando la imaginación. Dejamos a los niños frente a la tele y creen que los roles sociales que ven ahí, son el molde que ellos tienen que llenar, y por ejemplo he visto niñas de siete años que creen que su mayor problema es pintarse las uñas y comprarse ropa para gustarle a un chico, cuando, que yo recuerde, a los siete años mi mayor problema era que se había gastado el frenillo de mis patines y me iba a acabar de arrancar las costras de las rodillas si me caía otra vez. Ahora, los chicos se quedan con la gran niñera que es la televisión y creen que las cosas son como las ven ahí, que los roles son justamente como los presentan en la tele, sobre todo en esos programas pseudoadolescentes que ahora dominan los canales infantiles. Y es grave, además, porque los chicos no tienen todavía un criterio que les ayude a distinguir lo real de lo imaginario; lo que es de lo que no es. Pensar que se puede esconder la televisión para que los niños no la vean es irrisorio, pero ayudarle al niño a ver otras cosas, además de la televisión, y formarse un criterio, me parece fundamental.

He visto mucha gente que se lamenta de que en su infancia lo normal era pasarse la tarde jugando con los amiguitos de la cuadra. Así fue mi infancia también, y es cierto que ya no se ven chicos jugando en la calle, al menos no en donde yo nací y viví: la ciudad de México. Será que es así en las grandes ciudades. Lo triste de eso es que los chicos se pierden la oportunidad de imaginar, de organizarse ellos solos para un juego, de socializar sin la ayuda de los padres y, por supuesto, de estar fuera de cuatro paredes por un rato. Ahora, los chicos que no son afortunados, se quedan en casa con la teleniñera o si les va muy bien, con un videojuego; los que tienen un poco más de suerte, están toda la tarde en actividades como karate, fútbol, ballet, o música, aunque no sé si será que tienen suerte, porque en todas esas actividades son dirigidos por adultos que dicen lo que hay que hacer y no hay que hacer, que establecen lo que se considera correcto o exitoso, y tampoco en estas actividades dirigidas hay espacio para imaginar.

Por cierto, esa gente que se lamenta tanto, ¿por qué no se organiza con sus vecinos para montar guardias en los parques y plazas públicos para que los chicos puedan salir a jugar, ya que el argumento de muchos padres es la seguridad de los niños? Seguramente porque están muy ocupados siendo productivos, eficientes y exitosos en sus trabajos. No es por criticar: nada más lo apunto, porque criticar y quejarse es fácil, pero hacer algo, pues no es.

Por supuesto que hay princesas y principitos de carne y hueso. Yo conocí a varios que por la posición económica de sus padres tuvieron todo y de todo y al parecer nada les costaba trabajo y daban por hecho que papi y mami iban a resolverles la vida. Pero, ¿qué va uno a hacer? Creo que eso era parte de lo que esos chicos eran, y me parece que nuestra sociedad siempre es muy ávida para criticar la identidad de todo tipo, cuando en realidad todo juicio moral debería aplicarse sobre lo que la gente hace y no sobre quién es.

Me he extendido demasiado y sólo quería decir que me parece chocante que digan que las niñas no son princesas. Yo quiero que la mía sea una princesa, que sea astronauta o que sea una sirenita, que sea lo que ella quiera mientras ejercite el músculo de su imaginación. Que pueda imaginarse en un castillo en un país muy, muy lejano, no quita que tendrá que aprender a trabajar por lo que quiere. Pero creo que si los niños no tienen la oportunidad de imaginar, no serán adultos que puedan crear soluciones para los grandes problemas del mundo. Y los padres deberíamos saber que estamos criando adultos: la niñez es, apenas, un suspiro.

viernes, 7 de marzo de 2014

Un aplauso


Mañana se conmemora el día de la mujer trabajadora. Escribo este post hoy, porque mañana probablemente estaré lavando platos, tendiendo ropa, jugando con Amelia o cocinando, y seguramente no tendré tiempo. Por supuesto, yo no trabajo. Por ahora soy mamá de tiempo completo. Y esa perorata de que las mamás que se quedan en casa también trabajan, ya me aburre, no porque no sea cierta, sino porque no cambia nada: yo seguiré teniendo un día igual al anterior, sin fines de semana ni feriados, no le veré el fin a una taza de café caliente, ni tendré ánimo al final del día para darme un masaje en los pies.

Por muy estresante, extenuante y frustrante que sea, ser mamá de tiempo completo no es un trabajo. No hay una felicitación de tu jefe por un trabajo bien hecho, no hay un cheque al final de la quincena para ese par de zapatos que no necesitas pero cómo te gustaría tener, no hay al fin es viernes ni pinche lunes, ni un coffe break para chismear con las amigas. A pesar de eso, tiene su lado bueno, la verdad. No tienes que estar dándole los buenos días a gente que te choca y que deliberadamente pone obstáculos a tu trabajo, no tienes que tragarte la impotencia de que tu jefe brille gracias a tu trabajo y tú sólo recibiste un “gracias”, ni tampoco tienes que hacer bilis cada quincena porque el aumento de sueldo que te prometen nunca llega y sigues ganando menos que el tipo que se supone hace lo mismo que tú pero no hace nada, pero es bien cuate de tu jefe y pues ni modo.

Dije ventajas, pero parece que hagas lo que hagas, estás jodida: sales a chambear y eres menospreciada aunque tu trabajo sea sobresaliente; te quedas en casa y nadie aprecia tu trabajo, porque no es trabajo y porque se supone que es lo que tienes que hacer ya que estás ahí. Ser mujer sigue siendo difícil y jodido, aunque en el mundo “civilizado” ya es un poquito menos, pero el hecho de que haya un día en el que se recuerde que las mujeres tenemos derechos ya hace suponer que no los tenemos del todo y qué difícil, qué jodido, qué mal está eso.

Yo pensaba en todas estas cosas, sobre todo en lo que me toca, que es quedarme en casa y lidiar con mucha frustración, impotencia y sobre todo cansancio. Y de repente un día Amelia, recién con ocho meses de edad, estaba sentadita jugando, mirando la tele, platicando y cantando a su manera, y así, de la nada, puso sus manitas juntas y empezó a aplaudir. Y dejé de pensar en esas cosas que de todas maneras ahí van a seguir y me sentí muy feliz y orgullosa y ese aplauso se sintió como una ovación de pie.

martes, 28 de enero de 2014

Tu comodidad


Seguramente todas las mamás pasan por escuchar una larga perorata, proveniente parientes y extraños, en la que le aconsejan toda clase de cosas respecto al sueño del bebé. Aunque bien intencionados, muchos de estos consejos no solicitados, al menos en mi caso, me provocan un cierto malestar en lo más profundo de mi tripa, porque incluyen un “tienes que dejarla llorar” en alguna parte de la receta.

He leído algo al respecto (más consejos “expertos” tampoco están de más), y al parecer hay dos posturas “científicas” al respecto: la primera, que consiste en dejar que el bebé, solo, triste y abandonado, llore en su cuna hasta que se acostumbre a dormir solito; y la segunda, que indica todo lo contrario, es decir, si dormir en la cama con los padres no es opción, hay que reconfortar al bebé todas las veces que sea necesario, para que se sienta seguro y tranquilo y pueda conciliar el sueño (y asocie el sueño con cosas felices).

Hoy me encontré con un artículo al respecto que me pareció interesante, una entrevista que le hacen a María Berrozpe, quien es una experta más y que toma la segunda postura. Lo que me pareció interesante es que ella hace hincapié en que se educa el sueño del bebé para la comodidad de los padres y de las personas que conviven con él. Recuerdo por ejemplo a mi marido que decía que Amelia debería acostumbrarse a dormir con ruido, cuando a mí me parecía todo lo contrario, dado que ella está en casa sola conmigo todo el día, todos los días, y más bien está acostumbrada al silencio y a los ruidos regulares de la casa y los vecinos. Pensar que tiene que acostumbrarse al ruido sólo porque el fin de semana hay más movimiento en la casa, me ponía de mal humor. ¿Por qué tiene que acostumbrarse ella al ruido y no nosotros al silencio? De todas maneras, parece más sano no estar gritando todo el tiempo. (Afortunadamente a mi marido le cayó el veinte y la casa pasó a ser más silenciosa durante el fin de semana).

En fin, que uno no tiene un bebé para estar cómodo, para estar cómodo, búsquese un sofá. Un bebé altera las rutinas, las costumbres y la cotidianidad, y uno, que ya es grande y razonable y se supone que sabe mejor, puede adaptarse a eso. Creo, sin embargo, que introducir un poco de disciplina desde temprano tampoco está mal, y Amelia por ejemplo ya sabe que a las ocho comienza su rutina de dormir (baño, pijama, leche y cama) y por lo general antes de las nueve ya está en su cama durmiendo. Suele despertar por la noche, y me levanto a consolarla todas las veces que lo necesita. Como dice la entrevista, dejarla llorar sólo me estresaría todavía más, y, ¿para qué quiere Amelia una mamá estresada? Mejor que esté yo tranquila (y cómoda), aunque lleve meses sintiéndome exhausta. Pero supongo que ya pasará.

También pueden documentarse un poco leyendo "Cómo enseñar a un bebé a dormir toda la noche: lo que dicen los expertos".

viernes, 22 de noviembre de 2013

Mientras duerme



Una de las cosas que más me repiten desde que nació mi Conejita, es que debería dormir cuando ella duerme. Sin duda se trata de un consejo bienintencionado, aunque un tanto malinformado, porque en la práctica, mientras ella duerme hay un millón de cosas que tengo que hacer, como lavar la ropa, los platos, comer algo, si tengo mucha suerte, darme un baño, zurcir alguna cosa que necesite arreglo, escribir un post, y, en fin, hacer cualquier cosa que me sea imposible hacer con ella despierta y ávida de atención.

Cuando suspiro y digo que estoy cansada, no falta quien me diga que tengo que dormir cuando ella duerme (mi marido, por ejemplo), y ya que se pasan las ganas de patearlo contesto que sí, resignada. La verdad es que es difícil. Pero pese a todo, lo que más disfruto hacer mientras Amelia duerme, es mirarla dormir.

lunes, 28 de octubre de 2013

No te embaraces


¿Te preocupan las estrías, las várices, los pies hinchados, el sobrepeso? No te embaraces.

En todas las publicaciones que leí sobre el embarazo, los cambios del cuerpo parecen ser una preocupación constante, y se publican mil y un remedios para evitarlos. Pero la verdad es que hay que darlos por supuesto: si estás embarazada, vas a tener los pies hinchados como globo, van a salirte várices, vas a tener estrías, y desde luego vas a subir de peso. Y es probable que una vez que nazca tu bebé, quedarán algunas de esas marcas.

En lo personal, todo esto no me molesta. Vaya, sí que era molesto tener los pies hinchados y tener que decirle a mi marido que me ayudara a quitarme los zapatos, pero aparte de eso, no me importa, por ejemplo, tener un par de estrías en la barriga. A fin de cuentas, nadie va a mirarme la panza (aparte de mi marido), y unos kilos de más no son problema, mientras no sean un problema de salud. Lo que si me molesta bastante es leer en estas publicaciones una especie de urgencia por evitarlas, como si la estética fuera un problema mucho más importante que todo lo demás que experimenta el cuerpo con el embarazo, que es más maravilloso que problemático.

No sé si fue suerte, pero yo no tuve tantos de esos problemas, supongo que debido a que practiqué yoga durante todo el embarazo. Pero no lo practiqué por esos problemas, sino por gusto, y el hecho de que no tuve várices, ni muchas estrías, ni los pies desmesuradamente hinchados, ni demasiado sobrepeso, ni problemas de postura o movilidad, fueron externalidades positivas por la práctica del yoga. Con casi nueve meses de embarazo, subía y bajaba de los camiones como si nada, y aunque ya sentía mucho el peso en las piernas, podía todavía dar largas caminatas sin problemas.

Así que diría que sí, esos cambios que según el canon afean el cuerpo, son inevitables, pero un ejercicio como el yoga ayuda a que no sean un problema, sobre todo un problema de salud. Si te vas a embarazar, ten por seguro que tendrás estrías; si quieres un cuerpo perfecto, mejor no te embaraces y dale al gimnasio. Si en cambio, estás embarazada, practica yoga: es de lo mejor para el cuerpo (y el alma).

Por lo pronto, les dejo una rutina de yoga para embarazadas:

viernes, 25 de octubre de 2013

Cesárea necesaria


Una de las cosas que yo daba por supuesto cuando me embaracé, es que iba a parir normalmente, pero a último momento, más o menos la última semana y media de gestación, mi médico indicó con cierta preocupación que teníamos que ir a cesárea un tanto urgentemente, porque Amelia tenía un enredo con el cordón umbilical: en la ecografía se mostraba una vuelta al cuello que a la semana siguiente fueron dos, y cuando la sacaron el médico descubrió que más bien estaba toda enredada como trompo chillador.

Aunque las cesáreas son un procedimiento quirúrgico popular y bien estandarizado, no creo que haya nada natural en ser cortada al medio. Tan mal dispuesta estaba para la operación que la noche previa me dio un ataque de pánico en el súper (el médico indicó que hiciera mi vida “normal”), justo en mitad del pasillo de las galletas. Y no era para menos. La experiencia de estar más o menos sedada y más o menos atada en ese lugar frío y feo que son los quirófanos es poco menos que aterrador. No me explico cómo hay mujeres que voluntariamente prefieren eso que pasar por el trabajo de parto; yo, sin conocer lo segundo, odié tanto lo primero que mi cuerpo reaccionó con bastante furia: días después, se me acumuló líquido en la herida, así que hubo que abrir un punto y drenar por varias semanas, me dio una gastritis que ni en mis días más pesados de estudiante universitaria, y en general me sentía morir. Fue horrible.

Ahora una anécdota. Durante mi embarazo, asistí a la proyección de una peli sobre partos naturales ofrecida por una organización que los promueve acá en Jujuy: Qespikuy. Al final, hubo una especie de debate entre las asistentes, y me llamó la atención que mencionaron que la mayoría de las cesáreas se hacen en clínicas privadas, a las que obviamente tienen acceso mujeres con mayor poder adquisitivo, y quieres, es de suponerse, también tienen acceso a más información. Esa información, se supone, es que dar a luz de manera natural es mucho más beneficioso para el bebé, para la mamá, y en general para la familia. Recuerdo que Martha Sañudo, investigadora del Tec, estudiaba el fenómeno de las cesáreas innecesarias en Monterrey (decía que Monterrey es la capital mundial de la cesárea), y recuerdo que comentaba que había mujeres que la programaban en función de que el cumpleaños número cinco del bebé cayera en sábado, para poder hacerle la fiesta. Todo esto me hace alzar las cejas y pensar en muchas cosas, como que el sector de mayor poder adquisitivo no necesariamente tiene acceso a toda la información porque no quiere, eso sin mencionar que las decisiones no siempre se basan en la información disponible sino más bien en las creencias de las personas. En fin, que da en qué pensar esta cuestión.

Hasta ahí la anécdota. El caso es que odié la cesárea. Odio que tengo un agujero justo en medio de mí (ahora soy una rosquilla, ja), y recuerdo todo lo que hubo en torno a eso y quiero patear a alguien. Supongo que es para conservar el balance del Universo: después de todo, lo que más amo en el mundo (Amelia), viene de lo que más odio.

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miércoles, 9 de octubre de 2013

Mi embarazo vegetariano



He descubierto que ser vegetariano, del Río Bravo para abajo, es toda una prueba de paciencia. No sólo debes enfrentarte a las miradas incrédulas de la gente a la que amablemente informas que no comes carne; debes además educarlos, diciéndoles cosas como que el jamón sí es carne, así como también el pollo. Lo más trágico es la falta de opciones en los menús de los restaurantes, y ni qué decir en las comidas con amigos y familiares, que creen que, seguramente, una comida vegetariana consta solamente de lechugas. La incomprensión hacia los vegetarianos, los nuevos parias de la sociedad posmoderna, se incrementa exponencialmente cuando estás embarazada: se asume que debes comer carne porque tu bebé necesita carne porque es así y pues ni modo.

Mi gine me mandó a la nutrióloga para que me controlara por mi vegetarianismo, y me hizo sentir como que otras embarazadas no necesitan control de su alimentación, o como si el vegetarianismo fuese contagioso y se le fuese a pegar a mi bebé. La nutrióloga, toda una incomprendedora (ya sé, marido, que esta palabra no existe, pero, ¿cómo llamarles?), cada que me veía insistía en que probara carne, “aunque sea un poquito”, como si uno pudiera ser “poquito” vegetariano. En familia, debo decir, esos comentarios son frecuentes, pero a la nutrióloga no la tengo que soportar así que por supuesto dejé de verla antes de que se acabara el primer trimestre de mi embarazo.

La verdad es que no “necesitas” comer carne, ni cuando estás embarazada, ni antes, ni después, ni nunca. Necesitas proteínas y hierro, y no nada más se encuentran en la carne. No soy una vegana talibán, así que bebo leche y como huevo para las proteínas; las leguminosas y los vegetales de hoja verde aportan mucho hierro; combinar bien los alimentos ayuda a tener todo lo que necesitas, y los suplementos vitamínicos que de todas maneras deben tomar las embarazadas complementan todo lo demás.

De sobra está decir que durante mi embarazo siempre estuve bien: no padecí para nada de anemia (lo cual es bastante común en el tercer trimestre, según me informan), y mi Conejita nació con buen peso y muy sana (incluso la dieron de alta antes que a mí cuando nació). Así que todos esos focos rojos que el médico, y mi marido, y mi familia prendieron cuando anuncié mi embarazo “vegetariano” fueron todos una faceta más de la incomprensión. Hasta ahora, esa incomprensión no se ha extendido a la lactancia (aparte de la invitación habitual a probar carne, la cual amablemente declinaré hasta que se me acabe la paciencia), pero ya la veo venir cuando sea tiempo de que Amelia diversifique su menú. Ya veremos…

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sin tetas no hay Conejita

La idea de tener un bebé es la idealización de una realidad muy distinta a lo que uno puede imaginarse. A mí en lo personal ni me pasaban por la cabeza muchas cosas, y quizá una de ellas era la cuestión de la lactancia. Daba por sentado que había que darle la teta al bebé, pero los cómos y cuándos y por qués no se me ocurrieron nunca.

Una de las cosas que descubrí sobre la marcha es que la lactancia duele (el amor duele, dice mi marido). Duele más de lo que me imaginé (que era nada), y mucho más de lo que podría explicar (que es poco). Además, darle la teta al bebé no es tan automático como uno pensaría: aunque el bebé sabe succionar, no necesariamente sabe cómo agarrar la teta, y una no sabe exactamente cómo dársela. El proceso de aprender también duele, dicho sea de paso, sobre todo cuando todas las enfermeras del ala de maternidad vienen a apretarle a uno las tetas una y otra vez en un intento de mostrar que “sí sale un poquito”, cuando en realidad al principio no salía nada (una desventaja de las cesáreas, según me informaron).

Lo que en esas dolorosas primeras semanas me funcionó (poquito) fue la crema de caléndula para aliviar el ardor. También un implemento curioso: un protector de pezón que vende Avent y que previene el roce de la ropa, lo cual es un alivio cuando uno tiene la teta dolorida e hinchada por la succión. Pero lo que más funciona es la resignación: duele, duele, duele, pero hace bien poner al bebé a la teta porque a fin de cuentas la leche materna (poca o mucha) le aporta muchos beneficios a su salud. Es un dolor “para algo”, y me parece que la salud de mi Conejita es un algo bastante importante como para soportar el dolor.

Lo bueno es que con el tiempo, el dolor pasa, la leche fluye, el bebé come sin mucho drama y la lactancia se disfruta. Y es un momento muy lindo para compartir con mi Conejita, así que diría que el dolor "valió la pena".

martes, 1 de octubre de 2013

Hay días y días


Hay días en los que ser mamá es una delicia. Me encanta despertar por la mañana y verla dormidita, tan tranquila, a mi lado. Adoro despertarla y mirar cómo abre los ojitos y me sonríe cuando le doy los buenos días y la llamo. Me fascina pasar tiempo con ella y observar cómo se bebe el mundo porque todo le parece nuevo, como recién creado sólo para ella. Darle la teta es genial, más ahora que ha descubierto sus manitas y me acaricia las mías mientras come. Me vuelve loca de felicidad cuando se carcajea mientras jugamos, y es un deleite ponerla en el fular y salir a pasear con ella, sintiendo su cuerpecito contra el mío mientras ella mira todo lo que pasa alrededor nuestro.

Pero hay días como hoy en los que me toco una oreja y no me alcanzo la otra, porque mi Conejita, al parecer, tiene un catarro que la trae molesta y no para de llorar y ya no adivino ni qué quiere, ni cómo lo quiere, ni cuándo. Es de esos días en los que quiero llorar a la par de ella, pienso que qué diablos estaba pensado, que ser mamá es una realidad que me sobrepasa y que quiero descansar, porque mis días son iguales uno al otro y no paro, no tengo tiempo ni de cortarme las uñas (aunque sé que podría lastimarla por traerlas largas), y todo lo que quiero son veinte minutos para darme un baño y tranquilizarme, porque estoy segura de que yo la pongo todavía más histérica.

Pobre Conejita. Ojalá se acaben los días como hoy.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Soy como cualquier mamá

Soy como cualquier mamá: pienso que deberían darme aplausos de pie por haber hecho una hija tan bella. Y como cualquier mamá postmoderna, me vuelco sobre Google cada vez que tengo una duda sobre las cosas que le pasan a mi Conejita (esto, por supuesto, después de que todas mis tías, mi abuela, mi madre, mi suegra, amigas y conocidas me han dado su opinión, solicitada o no). Creo que es algo muy natural el tener preguntas y dudas, y es muy sano tratar de encontrar las respuestas en alguna parte. Pero el único consejo que he escuchado por todos lados es que seguir a mi instinto es usualmente lo mejor.

Por supuesto que esto del instinto es totalmente surreal cuando el o la bebé está berreando a las tres de la mañana, y lleva así más o menos una hora, y una siente en la espalda el peso del bebé, de la siesta que no tomó porque había que aprovechar que el bebé dormía para lavar los platos y comer alguna cosa, y del dolor de cabeza que resulta después de escuchar los adorables chillidos por tanto tiempo. En esos momentos, no hay instinto que valga, y tampoco hay consejo que sirva (porque claro, todo el que quiere ofrecerlo lo hace cuando la crisis ha pasado), y mucho menos está el buen Google, porque aunque ser mamá es aprender a hacer todo con una sola mano, un bebé histérico no es precisamente la persona más paciente y no espera a que una consulte el famoso buscador y sus millones de hits para la cuestión “mi bebé no se calla”.

En una de esas ocasiones, recuerdo haber probado de todo: le di teta, le di biberón, la paseé, la arrullé, la cambié, le canté, me callé, me paré, me senté, prendí la luz, la apagué, la tapé, la destapé, y nada, Amelia seguía histérica. Agotado el sentido común, hice lo último que se me ocurrió: la envolví apretadita como un taco y la arrullé.

Resulta que alguna vez me suscribí a algunas páginas para nuevas mamás (y no tan nuevas), y en alguna mencionaron ese recurso, pues a algunos bebés les da seguridad y tranquilidad el sentirse apretaditos, como en el útero materno. Como recordé haberlo leído alguna vez, lo hice y funcionó, menos mal.

Así que, muy bien, el instinto está bien, pero en nada duele documentarse un poco. Esas páginas especializadas traen muchísimos tips muy útiles, y prestar oídos a lo que nos dicen parientes y amigos tampoco duele tanto. Finalmente, otro buen recurso es el pediatra, si uno tiene suficiente caradura como para llamarlo por cualquier estornudo (yo no, es en realidad mi último recurso).

Por lo pronto, aquí unos sitios recomendables:

viernes, 20 de septiembre de 2013

Ser mamá no es fácil

Ser mamá no es fácil.
Me percato de que, en aras de comprendernos tantito mejor, debo ser más precisa.
Ser mamá primeriza de tiempo completo no es fácil.
Soy una mamá post moderna, post metafísica, post científica y post graduada (o lo seré si y cuando termine la tesis), y todo lo anterior sólo significa que estoy en mis treintas siendo mamá por primera vez, lo cual a su vez significa que no metí las patas a mis veintes, que le dediqué tiempo a una carrera que a honras de la verdad no me redituó en nada, y que me pegan las desveladas mucho más, porque, seamos francos, un cuerpo de treintaitantos no se recupera tan rápido o tan bien como uno de veintitantos, sea que se vaya una de parranda o se quede despierta toda la noche tratando de calmar el cólico de un bebé.
Aquí debería aclarar que me siento muy feliz, antes de que, mi marido y mi mamá por delante, me digan que tú te lo buscaste, era lo que vos querías, no te puedes quejar si es lo que elegiste, etcétera, etcétera, como si uno supiera qué es lo que quiere cuando lo quiere y no cuando lo tiene. Aclarado el punto de que me siento en realidad feliz con mi Conejita, déjeme, querido lector, terminar la idea que me trajo aquí en primer lugar.
Ser mamá no es fácil. Todo mundo te podrá soltar la misma diatriba: las desveladas, la angustia, la frustración, el dolor de cuerpo y de alma, valen la pena sólo por ver a tu niño o niña sonreír.
Y sí, podría decir que sí, no me malentiendan. Pero no sé por qué habría de poner sobre los hombros de mi Conejita el peso de las desveladas, la angustia y todo lo demás, si ella en realidad no tiene la culpa de ellas. La culpa no sé de quién sea, pero a mí nadie me dijo que tener que aprender a dormir en episodios de tres horas, cuando mucho, y hacer esto y aquello para calmar un cólico iba a provocarme semejante estrés. Cómo no me va a estresar, si, hasta donde yo sé, cada planta que he tenido se ha muerto, cómo no me va a angustiar cada nuevo remedio para el dolor de panza de mi Conejita –que si las gotitas, que si el masaje, que si ponla de panza, que si la mamila–. Pero bueno, sigue viva, así que creo que tampoco lo estoy haciendo tan mal, y he ahí un dato para relajarse tres minutos, antes de que vuelva a despertar.
Ser mamá no es fácil. Espero que para mi Conejita, ser hija sí lo sea.