sábado, 10 de mayo de 2014
Mamá
Todo el mundo tiene a la mejor mamá del mundo, y desde luego, yo no soy la excepción. Por muchos, muchos años, sólo fuimos ella y yo, y digo ella y yo nomás, porque no hubo un hermanito arruinahogares sino hasta que yo tuve siete años. En tanto, disfruté mucho a mi mamá: la recuerdo haciendo palomitas para que viéramos la tele; llevándome al cine a ver por enésima vez “El Regreso del Jedi”; trenzándose el cabello que por aquel entonces llevaba larguísimo; dándole de comer a un perro peludito que llamábamos Toby; manejando su fiel Renault 5 amarillo; sentada en una banca en Perisur, comiendo helado de chocolate con mi papá.
No sé si será así para todo el mundo, pero me parece que no te das cuenta de todas las pequeñas cosas que mamá hace por ti, hasta que tú mismo te conviertes en padre. Y no sé si todas las mamás los sabrán, pero esas pequeñas cosas hacen un mundo de diferencia. Yo espero que la mía sepa que gracias a ella, a sus esfuerzos, a sus desvelos, a todos esos años en los que la observé, soy lo que soy, que puede que no sea mucho, pero para mí es todo. Espero ser capaz de transmitirle a mi hija lo que mi mamá me transmitió a mí: que ser mamá es divertido, que requiere toda tu creatividad, que se trata de ver caritas felices cuando haces gelatinas o arreglas un juguete descompuesto, que es, sobre todo, ser feliz compartiendo momentos pequeños.
Ojalá mi mamá sepa que hizo de mi mundo el lugar más feliz, y que todavía lo hace, porque es la mejor amiga que tengo y que tendré siempre. Y ojalá yo pueda ser aunque sea un poquito así para mi Amelia.
Te amo, mamá.
miércoles, 30 de abril de 2014
Las niñas no son princesas
Hace un tiempo leí eso en algún estatus de Facebook: ni las niñas son princesas, ni los niños son lo que sea corresponde a su sexo (supongo que serán superhéroes). Ahora que tengo una niña, me parece que tengo algo qué decir al respecto, si bien es cierto que tengo una y no más, y es nuevecita, así que no tengo ninguna experiencia porque apenas estoy inventando esto de ser mamá conforme avanzo, pero en esto de observar y opinar no me puedo contener así que ni modo.
Encuentro el enunciado chocante. Si las niñas no son princesas, tampoco serán médicas, maestras, científicas, ni nada. A lo que voy es que estamos matando la imaginación. Dejamos a los niños frente a la tele y creen que los roles sociales que ven ahí, son el molde que ellos tienen que llenar, y por ejemplo he visto niñas de siete años que creen que su mayor problema es pintarse las uñas y comprarse ropa para gustarle a un chico, cuando, que yo recuerde, a los siete años mi mayor problema era que se había gastado el frenillo de mis patines y me iba a acabar de arrancar las costras de las rodillas si me caía otra vez. Ahora, los chicos se quedan con la gran niñera que es la televisión y creen que las cosas son como las ven ahí, que los roles son justamente como los presentan en la tele, sobre todo en esos programas pseudoadolescentes que ahora dominan los canales infantiles. Y es grave, además, porque los chicos no tienen todavía un criterio que les ayude a distinguir lo real de lo imaginario; lo que es de lo que no es. Pensar que se puede esconder la televisión para que los niños no la vean es irrisorio, pero ayudarle al niño a ver otras cosas, además de la televisión, y formarse un criterio, me parece fundamental.
He visto mucha gente que se lamenta de que en su infancia lo normal era pasarse la tarde jugando con los amiguitos de la cuadra. Así fue mi infancia también, y es cierto que ya no se ven chicos jugando en la calle, al menos no en donde yo nací y viví: la ciudad de México. Será que es así en las grandes ciudades. Lo triste de eso es que los chicos se pierden la oportunidad de imaginar, de organizarse ellos solos para un juego, de socializar sin la ayuda de los padres y, por supuesto, de estar fuera de cuatro paredes por un rato. Ahora, los chicos que no son afortunados, se quedan en casa con la teleniñera o si les va muy bien, con un videojuego; los que tienen un poco más de suerte, están toda la tarde en actividades como karate, fútbol, ballet, o música, aunque no sé si será que tienen suerte, porque en todas esas actividades son dirigidos por adultos que dicen lo que hay que hacer y no hay que hacer, que establecen lo que se considera correcto o exitoso, y tampoco en estas actividades dirigidas hay espacio para imaginar.
Por cierto, esa gente que se lamenta tanto, ¿por qué no se organiza con sus vecinos para montar guardias en los parques y plazas públicos para que los chicos puedan salir a jugar, ya que el argumento de muchos padres es la seguridad de los niños? Seguramente porque están muy ocupados siendo productivos, eficientes y exitosos en sus trabajos. No es por criticar: nada más lo apunto, porque criticar y quejarse es fácil, pero hacer algo, pues no es.
Por supuesto que hay princesas y principitos de carne y hueso. Yo conocí a varios que por la posición económica de sus padres tuvieron todo y de todo y al parecer nada les costaba trabajo y daban por hecho que papi y mami iban a resolverles la vida. Pero, ¿qué va uno a hacer? Creo que eso era parte de lo que esos chicos eran, y me parece que nuestra sociedad siempre es muy ávida para criticar la identidad de todo tipo, cuando en realidad todo juicio moral debería aplicarse sobre lo que la gente hace y no sobre quién es.
Me he extendido demasiado y sólo quería decir que me parece chocante que digan que las niñas no son princesas. Yo quiero que la mía sea una princesa, que sea astronauta o que sea una sirenita, que sea lo que ella quiera mientras ejercite el músculo de su imaginación. Que pueda imaginarse en un castillo en un país muy, muy lejano, no quita que tendrá que aprender a trabajar por lo que quiere. Pero creo que si los niños no tienen la oportunidad de imaginar, no serán adultos que puedan crear soluciones para los grandes problemas del mundo. Y los padres deberíamos saber que estamos criando adultos: la niñez es, apenas, un suspiro.
miércoles, 16 de abril de 2014
Colecho o no colecho
Amelia durmió conmigo, en la misma cama, los primeros cuatro meses de su vida. Un día la sentí dar vueltas como trompo chillador y me dio miedo apachurrarla, así que decidí que era momento de que se fuera a dormir a su cuna. La transición fue bastante pacífica, pues a ella le gusta dormir más bien desparramada, así que apreció el espacio. Sin embargo, todavía despierta un par de veces en la noche, y muchas de ellas termina durmiendo, de nuevo, en la cama con nosotros.
He leído muchas opiniones sobre el colecho (o no), sobre las técnicas para hacer que el bebé duerma sólo en su cama, sobre el desapego que tendría que haber con la madre, etcétera. La verdad, he leído demasiadas opiniones, y me queda claro que lo único que tenemos es eso, opiniones bienintencionadas sobre lo que una mamá, especialmente una primeriza, debería hacer. A fin de cuentas lo mejor que hay es el sentido común y lo que a cada quién le resulte práctico. Apegarse a una u otra postura es, me parece, cuestión de tranquilizar la conciencia, pues, ¿quién sabe el daño que en verdad le hacemos a los hijos si duermen con uno, si lloran en la cama, si les hablas, si no los tocas?
Así que, haciendo uso de mi mejor sentido común, que probablemente no es el mejor del mundo, me parece que esa mitad y mitad funcionan bien. Amelia pasa un rato en su cama y cuando lo necesita, se muda a nuestra cama. Vaya, decir que “se muda” es decir que me levanto a tranquilizarla cada que lo necesita, y cuando lo que necesita es más bien amor y comprensión, entonces la paso a dormir conmigo. ¿Para eso tiene madre, no? En fin que, creo que ya aprenderá a dormir toda solita, sin dar lata por las noches. Así que por ahora la disfruto, y me quedo con la idea de que esto de la maternidad, por muchas opiniones que encuentres, es un camino más bien solitario.
viernes, 4 de abril de 2014
Comida
Amelia ya llegó a los nueve meses: ha estado fuera y dentro más o menos la misma cantidad de meses, y en todo ese tiempo, no ha probado carne. Es una bebé vegetariana, grandota, sana y fuerte.
La recomendación de la pediatra fue hacer lo que hacemos todos los vegetarianos: cuidar el mix de proteínas, minerales y vitaminas para que no le falte nada. Si bien todavía es pequeña y adquiere la mayor parte de estos de la leche y la teta, es bueno que empiece a probar de todo, y por todo quiero decir frutas y verduras, que serán su alimento principal.
Una recomendación que me hizo la nutrióloga fue darle el mismo alimento por tres días, para observar posibles reacciones alérgicas. Esto, me indicó, lo deben hacer todas las mamás con sus hijos, precisamente para vigilar que lo que come no le haga daño. Y si, por ejemplo, una probada de algo le produce una mala reacción no necesariamente alérgica, como dolor de barriga o gases, es mejor esperar para introducir ese alimento más tarde.
Reacciones negativas en la familia ya hubo varias, pero yo me digo que de todas maneras, hagas lo que hagas, siempre habrá opiniones que indiquen que podrías hacerlo mejor. Yo, como toda primeriza, apenas estoy ensayando (y ensayando para nada que seguro Amelia es debut y despedida), así que ya me hice a la idea de que me voy a equivocar mucho, lo que no significa que no lo hago con mucho amor. (Awww).
Mi principal razón para criar a Amelia como vegetariana es la salud: por lo menos de parte de mi familia, hay historia de diabetes y cardiopatías. Me parece que la alimentación es clave para evitarlas, así que por lo pronto, empezaremos por ahí. Ya tendrá tiempo de opinar y decidir después, cuando se haga un criterio mínimo de estas cuestiones. Por lo pronto, la Conejita será veggie.
jueves, 13 de marzo de 2014
Viajeras
Amelia y yo nos tomamos unas largas vacaciones. Lo largo de las vacaciones tiene que ver con los más de 7000 kilómetros que separan México, que es donde está casi toda mi familia, de Jujuy, en donde actualmente vivimos. Y es que el viaje toma, por lo menos, unas veintisiete horas, cronometradas desde la puerta de nuestra casa en San Salvador de Jujuy, hasta la puerta de la casa de mi abuela en la Ciudad de México. En el medio hubo un viaje de dos horas en auto hasta Salta, un vuelo nacional, un cambio de aeropuerto, dos vuelos internacionales, y media hora en taxi hasta casa de mi abuela. El trayecto de vuelta incluyó, además, una espera de once horas en Buenos Aires. Toda una aventura.
Tanto trajín con un bebé no es fácil. Sobre todo con tanto cambio de medio de transporte. Me imagino que hacer todas esas horas en un solo vuelo, por ejemplo, sería mucho más sencillo, pero el abordar, bajar, entrar, salir, subir, ir y volver hacen que sea casi imposible. Lo que me alivianó mucho todo eso fue justamente el fular rojo, que viajó con nosotras todo el camino.
Por supuesto, Amelia iba feliz, porque iba a upa todo el tiempo. Los trayectos en los aviones no resultaron tan pesados porque ella iba, la mayor parte del tiempo, dormida en mis brazos. Pero los cambios de vuelo habrían sido horribles sin el fular. La ventaja de éste sobre la carriola es que tenía a la bebé todo el tiempo conmigo, me dejaba las manos libres para coger las maletas, podía hacer los traslados rápido, y finalmente, ella estaba mucho más tranquila al saberse cerquita de su mamá.
Claro que también tiene desventajas. La principal es que no hay donde dejar al bebé para que mamá vaya al baño. De hecho, las instalaciones sanitarias en varios aeropuertos dejan mucho qué desear. En Ezeiza (Buenos Aires), por ejemplo, hay un privado en donde puedes cambiar con toda tranquilidad al bebé, lo cual es muy bueno porque Amelia escucha el secamanos y se pone loca, así que la privacidad fue buenísima, lo que no tuvimos en el aeropuerto de Santiago de Chile, donde a duras penas hay cambiador, eso sin mencionar que ahí el baño estaba muy, muy sucio. En Lima nos tuvimos que meter al baño de discapacitados porque de plano el concepto de canguro (una sillita en donde puedes poner al bebé mientras mamá va al baño) no existe, o al menos yo sólo la vi en México, y lo mismo en Aeroparque (Buenos Aires). En esos dos, por lo menos, el baño es privado y puede una maniobrar más fácilmente con su bebé.
La gran aventura de Amelia y su fular rojo fue maravillosa. Y viajar con el fular lo fue también. Por supuesto, la espalda de mamá es la que más sufrió, pero esa es otra historia. Recomiendo ampliamente usar un fular para viajes ajetreados. Facilita la vida y el bebé va un poco más contento. Ah, y que no se olvide decir que el personal de LAN en tierra y en los aviones son un pinche encanto, ¡recomendadísimo viajar con ellos si van o vienen a toda Latinoamérica!
viernes, 7 de marzo de 2014
Un aplauso
Mañana se conmemora el día de la mujer trabajadora. Escribo este post hoy, porque mañana probablemente estaré lavando platos, tendiendo ropa, jugando con Amelia o cocinando, y seguramente no tendré tiempo. Por supuesto, yo no trabajo. Por ahora soy mamá de tiempo completo. Y esa perorata de que las mamás que se quedan en casa también trabajan, ya me aburre, no porque no sea cierta, sino porque no cambia nada: yo seguiré teniendo un día igual al anterior, sin fines de semana ni feriados, no le veré el fin a una taza de café caliente, ni tendré ánimo al final del día para darme un masaje en los pies.
Por muy estresante, extenuante y frustrante que sea, ser mamá de tiempo completo no es un trabajo. No hay una felicitación de tu jefe por un trabajo bien hecho, no hay un cheque al final de la quincena para ese par de zapatos que no necesitas pero cómo te gustaría tener, no hay al fin es viernes ni pinche lunes, ni un coffe break para chismear con las amigas. A pesar de eso, tiene su lado bueno, la verdad. No tienes que estar dándole los buenos días a gente que te choca y que deliberadamente pone obstáculos a tu trabajo, no tienes que tragarte la impotencia de que tu jefe brille gracias a tu trabajo y tú sólo recibiste un “gracias”, ni tampoco tienes que hacer bilis cada quincena porque el aumento de sueldo que te prometen nunca llega y sigues ganando menos que el tipo que se supone hace lo mismo que tú pero no hace nada, pero es bien cuate de tu jefe y pues ni modo.
Dije ventajas, pero parece que hagas lo que hagas, estás jodida: sales a chambear y eres menospreciada aunque tu trabajo sea sobresaliente; te quedas en casa y nadie aprecia tu trabajo, porque no es trabajo y porque se supone que es lo que tienes que hacer ya que estás ahí. Ser mujer sigue siendo difícil y jodido, aunque en el mundo “civilizado” ya es un poquito menos, pero el hecho de que haya un día en el que se recuerde que las mujeres tenemos derechos ya hace suponer que no los tenemos del todo y qué difícil, qué jodido, qué mal está eso.
Yo pensaba en todas estas cosas, sobre todo en lo que me toca, que es quedarme en casa y lidiar con mucha frustración, impotencia y sobre todo cansancio. Y de repente un día Amelia, recién con ocho meses de edad, estaba sentadita jugando, mirando la tele, platicando y cantando a su manera, y así, de la nada, puso sus manitas juntas y empezó a aplaudir. Y dejé de pensar en esas cosas que de todas maneras ahí van a seguir y me sentí muy feliz y orgullosa y ese aplauso se sintió como una ovación de pie.
martes, 28 de enero de 2014
Tu comodidad
Seguramente todas las mamás pasan por escuchar una larga perorata, proveniente parientes y extraños, en la que le aconsejan toda clase de cosas respecto al sueño del bebé. Aunque bien intencionados, muchos de estos consejos no solicitados, al menos en mi caso, me provocan un cierto malestar en lo más profundo de mi tripa, porque incluyen un “tienes que dejarla llorar” en alguna parte de la receta.
He leído algo al respecto (más consejos “expertos” tampoco están de más), y al parecer hay dos posturas “científicas” al respecto: la primera, que consiste en dejar que el bebé, solo, triste y abandonado, llore en su cuna hasta que se acostumbre a dormir solito; y la segunda, que indica todo lo contrario, es decir, si dormir en la cama con los padres no es opción, hay que reconfortar al bebé todas las veces que sea necesario, para que se sienta seguro y tranquilo y pueda conciliar el sueño (y asocie el sueño con cosas felices).
Hoy me encontré con un artículo al respecto que me pareció interesante, una entrevista que le hacen a María Berrozpe, quien es una experta más y que toma la segunda postura. Lo que me pareció interesante es que ella hace hincapié en que se educa el sueño del bebé para la comodidad de los padres y de las personas que conviven con él. Recuerdo por ejemplo a mi marido que decía que Amelia debería acostumbrarse a dormir con ruido, cuando a mí me parecía todo lo contrario, dado que ella está en casa sola conmigo todo el día, todos los días, y más bien está acostumbrada al silencio y a los ruidos regulares de la casa y los vecinos. Pensar que tiene que acostumbrarse al ruido sólo porque el fin de semana hay más movimiento en la casa, me ponía de mal humor. ¿Por qué tiene que acostumbrarse ella al ruido y no nosotros al silencio? De todas maneras, parece más sano no estar gritando todo el tiempo. (Afortunadamente a mi marido le cayó el veinte y la casa pasó a ser más silenciosa durante el fin de semana).
En fin, que uno no tiene un bebé para estar cómodo, para estar cómodo, búsquese un sofá. Un bebé altera las rutinas, las costumbres y la cotidianidad, y uno, que ya es grande y razonable y se supone que sabe mejor, puede adaptarse a eso. Creo, sin embargo, que introducir un poco de disciplina desde temprano tampoco está mal, y Amelia por ejemplo ya sabe que a las ocho comienza su rutina de dormir (baño, pijama, leche y cama) y por lo general antes de las nueve ya está en su cama durmiendo. Suele despertar por la noche, y me levanto a consolarla todas las veces que lo necesita. Como dice la entrevista, dejarla llorar sólo me estresaría todavía más, y, ¿para qué quiere Amelia una mamá estresada? Mejor que esté yo tranquila (y cómoda), aunque lleve meses sintiéndome exhausta. Pero supongo que ya pasará.
También pueden documentarse un poco leyendo "Cómo enseñar a un bebé a dormir toda la noche: lo que dicen los expertos".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


