martes, 19 de abril de 2016

Mami, mami, mami


La Conejita ya va a la escuela. Ya en otro post tendré la oportunidad de hablar de ello, lo importante ahora es que justo el día hoy, tuve que llevarla en la carreola porque mi espalda no daba más (siempre la llevo en un portabebé a la espalda). Ella decidió llevar una vaquita de foamy (goma eva) para el paseo, y luego de varias cuadras, cuando me asomé a ver qué tal iban ella y la vaquita, no la tenía.

—¿Qué pasó con la vaca? —exclamé con sorpresa.

—No la quería—, contestó ella, como si uno nomás tirara por la borda todo lo que no quiere.

Suspiré. No iba a desandar seis cuadras cuesta arriba para buscar la vaquita, así que seguí nomás hasta el jardín de niños, la dejé y me volví en camión, que justo hace el mismo recorrido que habíamos hecho más temprano, de ida. Miraba por la ventanilla y de pronto ahí estaba la vaquita, justo donde termina la cuesta que baja desde nuestro barrio al parque. Me bajé del camión, caminé aprisa, llegué al pie de la cuesta y recogí la vaquita y me volví cuesta arriba a mi casa, con la pinche vaca sucia y pisada y mojada, caminando bajo la lluvia.

Eso es ser madre, ¿no? Tratar de enmendar las estupideces, voluntarias o no, de nuestros hijos, cueste lo que cueste. Ahora sólo pienso en todo lo que le debo a mi mamá.

martes, 27 de enero de 2015

Entrenamiento

Yo sigo pensando que, como todos los mamíferos, la repetición es parte del aprendizaje de todos los humanos. Habiendo practicado artes marciales alguna vez en mi vida, comprendo que repetir constantemente algo te lleva poco a poco al perfeccionamiento, y a eso le llamamos entrenar. Entrenamos para, cuando llega el momento decisivo, lograr la perfección en lo que hacemos.

Desde hace un par de meses, mi Conejita está entrenando para dormir solita. Por supuesto, la perfección en el arte de dormir es un decir: lo que busco con este “entrenamiento” es que ella logre sentirse lo suficientemente segura y cómoda para no necesitarme a la hora de ir a la cama.
Antes, Amelia se iba a la cama y tenía que alzarla, arrullarla, cantarle, darle la teta o el biberón hasta que se quedaba dormida, y entonces la ponía en su cuna, que está a treinta centímetros de mi cama. Solía despertar llorando tres o cuatro veces, y a veces no había manera de calmarla más que acostándola conmigo, amén de que el cansancio me hacía recurrir a esa salida fácil.

Con la llegada del calor y de la primavera, dormir con Amelia en mi cama se hizo horrible, porque ella dormía mal y yo dormía peor. Así que me pareció que era momento de que ella pasara toda la noche en su cama.

Lo que nos funcionó, que supongo no funciona para todos los niños, es que la pongo en la cuna a tomar la leche, con las luces apagadas (sólo dejamos encendido el pasillo para que entre algo de luz). A veces eso basta para que se duerma. A veces termina la leche y todavía no está lo suficientemente cansada, así que probamos con varias cosas: platicamos, cantamos o sencillamente la dejo retozar hasta que se queda dormida. Lo que sí es importante es que le tomo la manita hasta que se duerme (su cama sigue a 30 centímetros de la mía). Cuando despierta por las noches, le tomo la manita y eso suele ser suficiente para calmarla.

Ahora tenemos noches más felices. Por lo menos yo, que ahora descanso un poco mejor y puedo seguir con el trajín del día, una y otra vez. A veces extraño que me necesite para dormir, la verdad. Pero luego pienso que estoy criando un adulto y que dormir, y dormir bien, es una habilidad que le será útil en la vida, y se me pasa poquito.

Lo importante en este entrenamiento es, según yo:


  • Mantener la rutina nocturna, eso le dará seguridad: si siempre hace lo mismo todas las noches, creo que entenderá que cabe esperar lo mismo todos las noches, inclusive que mamá estará ahí con él/ella.
  • Asegurarse de que esté cómodo, que tenga un pañalito limpio, que la almohada sea adecuada, que esté fresco o bien tapado según el clima, etcétera.
  • No desistir, los bebés pueden ser obstinados, y si por comodidad nuestra desistimos, ellos habrán comprendido una valiosa lección: que su necedad puede más que nosotros.
  • Finalmente, esperar el momento adecuado. No todos están listos en cualquier momento. Cada mamá conoce bien a su bebé y sabe cuándo está listo para aprender cosas nuevas, dormir solito inclusive.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Dieciocho meses


Querida Amelia,

Se acaba el año y con eso llega el décimo octavo mes de tu vida. Te quiero contar que desde hace tiempo, lo que hago al inicio del año es proponerme aprender algo nuevo: alguna vez fue el violín; otra más, el kendo; aprendí yoga, aprendí a hacer pan, a hacerme manicure francés, a leer el tarot y algunas otras cosas, quizá igual de inútiles, pero por lo menos, entretenidas.

Este año que se va, aprendí a ser tu mamá. Es algo que se aprende cada día, y cada día es una experiencia que me llena de satisfacciones, pero también de frustración. Ya verás un día que ser mamá es complicado. Y es curioso porque aunque parece que todo en tu vida te ha preparado para serlo, parece que nada de lo que sabías te sirve para ello.

También te quiero decir que a pesar de todo, soy muy feliz a tu lado. Tienes el privilegio –lo tengo yo también–, de que estamos juntas todo el día, todos los días, y es maravilloso evidenciar cómo vas creciendo. No sólo al notar que los pantalones te quedan cada vez más cortitos, o que al fin alcanzas tu vasito si te paras de puntitas junto a la mesa, sino también al ver que cada vez entiendes un poco mejor cómo funciona el mundo, empiezas a conocer y usar tu cuerpo, expresas disgusto o fascinación con mucha claridad, y has comenzado a elegir las que van siendo tus cosas favoritas. Eres una chiquilla con una gran personalidad y quienes te conocen se dan cuenta de esto.

Este año también han pasado cosas en el mundo que me hacen pensar que es un mundo terrible. No te haré un recuento ahora: ya tendrás que averiguarlo tú misma, con esa curiosidad felina que te caracteriza. Pero lo que quiero decirte es que pienso que precisamente por ser como eres, y por tener la oportunidad de crecer como lo estás haciendo, es que creo que, algún día, tienes que regresar de alguna manera tu buena fortuna. No te digo que salves el mundo, pero por lo menos te tienes que hacer cargo de que la esquinita que te tocó sea mejor de como era antes de que llegaras.

Yo creo que no debemos tener espíritu de mártires. Eso también lo aprendí alguna vez. Pero lo que sí creo es que por estar en donde estamos, porque tenemos un techo, comida, familia y amor, tenemos que ayudar a los demás de alguna forma. Pienso que alguna vez encontrarás tu manera de hacerlo. Yo espero estar ahí para, como ahora, aprender esa manera contigo.

Te ama,

Tu mamá

martes, 16 de diciembre de 2014

Repetición, repetición, repetición


He recibido muchos tips y consejos de mi abuela, mi mamá, mis tías y otras mamás y papás cercanos, pero confieso que la mayoría de mis intuiciones sobre la maternidad son justamente eso: intuiciones, algunas de ellas derivadas de mi convivencia con, ¿qué creen? Perros y gatos.
A mí, en general, ni me espanta ni me hace sufrir pensar que somos animales, y como tales, tenemos conductas que son, algo o mucho, similares. Y aunque tampoco comprendo a cuenta de qué vienen algunos comportamientos, he logrado identificar algunas similitudes entre nosotros y los peluditos de compañía.

Una de estas similitudes es el aprendizaje por repetición. No voy a hablar ahora del sistema educativo que me formó y me deformó, pero recuerdo bien las planas eternas que había que llenar con palabras difíciles, para lograr escribirlas correctamente. Y qué decir de las tablas de multiplicar. Y cuando era ya mayor, practicando artes marciales, repetir los ejercicios una y otra vez era el camino a su perfeccionamiento.

Del mismo modo, nuestros perros y gatos aprendían la vida en casa de esa forma. Comer a la misma hora, de la misma forma y en el mismo lugar, todos los días, era crucial para evitar peleas por la comida (siempre tuvimos muchos perros y gatos y esa disputa es típica). Tener rutinas les da a los gatos mucha seguridad, y tener un horario para juegos ayuda a que los perros derrochen energía y, en general, se porten bien.

Esa idea de la repetición me ha funcionado con Amelia. Todos los días se sienta a la mesa, se pone el babero y come. Luego se lava la cara y los dientes, aun desde antes de tener dientes (para eso usaba un dedalito de higiene y masaje oral de Nuby). Todos los días se baña antes de dormir y todos los días toma la leche antes de la siesta. Repetición, repetición, repetición.

Podrá ponerse monótono, a veces (quien tenga un bebé de 18 meses sabe que eso es casi imposible), pero ella ya la tiene clara: si le digo que vamos a almorzar, va y se para junto a la sillita; si le digo que hay que lavarse, se pone al pie de la escalera; si se acerca la hora de la leche, la pide. Eso me facilita las cosas, porque por lo menos para esas cosas monótonas y rutinarias de la vida, como comer y asearse, no tengo que andar corretéandola por todas partes. Para todo lo demás, sí.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Besitos sí, besitos no


Una tarde, paseaba con Amelia en el parque cerca de nuestra casa, cuando vi algo que me puso a pensar: un grupo de señores (tendrían más de 25, y esa ya no es edad para decirles muchachos) estaban en una banca del parque tomando cerveza. Eran cuatro, creo, y platicaban. Uno más llegó, con su hijita de unos cinco años. Él saludó, y le dijo a la nena “andá, dales un besito”, a lo que la nena se negó, pese a la insistencia del padre.

Ya no me quedé para ver el desenlace, pero, como dije, la escena me puso a pensar. Con frecuencia observo que hay gente que le ordena a sus hijos saludar o dar beso cuando ellos no quieren. Digo les ordena, porque cuando son chiquillos, pedirles no basta, como ya lo sabrán tantos padres. Por supuesto que es encantador que un niño te salude con un beso en la mejilla, pero también me parece que la insistencia es peligrosa. O a mí me parece peligrosa porque tengo la intuición de que le enseña al niño que su negativa, su poder de decir “no” a un contacto físico que no desea, no cuenta, no es relevante y no importa, y tiene que hacer lo que se le dice.

Si entienden a lo que voy, me refiero por supuesto al abuso sexual de menores. Soy de las que piensa que definitivamente la prevención es fundamental para proteger a nuestros niños, y creo que la mejor prevención es enseñarle al niño que tiene el poder de decir “no” frente a la solicitud de un contacto físico. Desde luego, no todos los adultos que quieren un besito lo piden porque quieren abusar del niño, pero, ¿cómo sabemos?

Mi Conejita es pequeña todavía, pero ya tiene opiniones bastante fuertes respecto a las demostraciones de afecto: no le gustan demasiado. En lugar de forzarla a besuquear a cuanta persona la chulea, propia o extraña, me parece más razonable respetar esa distancia que ella toma de la gente. Y desde luego, ir enseñándole que si ella dice “no”, es no. Me parece que va a serle útil en la vida.

lunes, 4 de agosto de 2014

¡Tápate! Semana Mundial de la Lactancia

Todo lo que tiene que ver con esto de ser mamá es nuevo para mí, tan nuevo que de a poco lo voy inventando. Una de esas cosas tan de mamás, y de mamas, es dar la teta en público. A mí, el médico me dijo que había que dar la teta a demanda: eso significaba que debía darle de mamar a mi bebé todas las veces que pidiera, cuando lo pidiera. Por supuesto, esto significaría que si yo andaba en el súper y a la nena se le ocurría que necesitaba un bocado, había que dárselo. Eran órdenes del doctor.

Al principio no tuve mucho problema, porque estuve en casa casi todo el tiempo, mis salidas eran excursiones rápidas (aquí todo está cerca) y nunca, en realidad, me puse a pensar en qué haría si de pronto tenía que dar la teta en un lugar púbico. Hasta que llegó el día en que mi bebé de cinco meses y yo nos tomamos unas vacaciones para ir a visitar a los parientes de México. Desde Jujuy, como ya he referido antes, hay que pasar por cuatro aeropuertos y tres aviones, y el viaje dura, en el mejor de los casos, todo un día. Evidentemente, tuve que darle de comer en el trayecto.

Y después, pasamos las fiestas en la ciudad de Monterrey, donde viven mis padres. Eso significó que salimos muchos veces a centros comerciales, en excursiones de todo el día (a mi mamá y a mí siempre nos ha gustado recorrer los centros comerciales de cabo a rabo), y durante las cuales, por supuesto, la pequeña Conejita tenía hambre y había que darle la teta.

Será que a mí me da lo mismo, o que creo que tetas tenemos todas, nada más que dispuestas en formas distintas, que lo mismo en el avión, en medio de una gran tienda departamental, en un restaurante o donde fuera necesario, yo me bajaba la blusa y le daba la teta a la Conejita siempre que lo pedía. Díganme impúdica, pero pienso que no hay nada de qué avergonzarse en el acto de dar de mamar a un bebé, y realmente no me incomoda que me hayan visto las tetas por todas partes, entre Monterrey y Buenos Aires.

Según sé, la lactancia en público suele no estar regulada en ninguna parte (salvo en un par de lugares un poco retrógrados). Sin embargo, esto es un problema porque deja abierta la puerta para que tiendas, restaurantes, y otros lugares públicos, la prohíban como parte de sus políticas.

Salvo algún comentario bromista en familia, nunca me tocó que alguien se acercara a pedirme que me tape, y más bien la gente hacía ese gesto de que te ve pero no te ve. Pero me parece que sería importante que el tema salga a relucir alguna vez desde las tribunas políticas, a veces tan desatinadamente promotoras de la lactancia, si tan sólo, simplemente, porque las mamás también votamos.

¡Feliz semana de la lactancia, brindemos con las copas!

jueves, 17 de julio de 2014

Diez cosas que te enseña tu bebé en su primer año


Los hijos son grandes maestros. De eso te das cuenta apenas los tienes. Yo tengo la fortuna de estar prácticamente 24/7 con la mía, que recién cumplió un añito, y esto es algo de lo mucho que he aprendido.

1. El mundo es maravilloso. No sólo porque esa nueva personita está en él: cuando tienes un bebé, tienes una invaluable segunda oportunidad de aprender el mundo. ¡Todo es nuevo para él! Parece que todo les interesa: la música, las texturas, los olores, los sabores, los colores. Mirar todo desde los ojos de un bebé es fascinante, porque parece que están creando el mundo mientras lo conocen. Tu bebé te puede enseñar a revalorar todo alrededor tuyo, si se lo permites. ¡Y te mostrará que es maravilloso!

2. Todo pasa. En su primer año, los bebés experimentan cambios fascinantes, algunos de ellos bastante ingratos, como por ejemplo, el desarrollo de su sistema digestivo. Los cólicos son bastante frecuentes y sufridos, pero al final, pasan. Así también pasan las fiebres, los resfriados, y los días malos. Aunque hay momentos en que parece que la vida te sobrepasa, sobre todo cuando eres mamá primeriza, hay que estar cierta de que todo pasará, eventualmente y en su momento. Hay que tenerlo siempre presente.

3. Sigue tu instinto. Toda mamá, primeriza o no, recibirá una miríada de consejos, solicitados o no, sobre lo que debe hacer con su bebé. Si bien hay cosas que aprendes porque te las platicaron, hay otras que sólo tu bebé y tu instinto te van a enseñar. Identificar cuando llora de dolor, cuando de sueño, cuando de hambre, y cómo reaccionar ante esos llantos, es algo que se aprende en equipo: el equipo son bebé y mamá. Y las corazonadas de mamá, generalmente, están acertadas.


4. Ser feliz es fácil. Puede que la vida de un bebé sea bastante simple: comen, duermen, juegan y cagan. Pero si uno lo desmenuza un poco, la vida de todos, grandes y chicos, es así. El punto es encontrar, dentro de nuestras rutinas, esas pequeñas cosas que nos hacen felices. Un bebé puede ser el más feliz con su muñequito de peluche, con una galleta o con una canción. Y no tiene que hacerse mucho más complicado que eso, sólo que a veces los adultos intelectualizamos demasiado. Fluir es más fácil y nos hace más felices.

5. El tiempo vuela. Y esto en todos sentidos. Un mes, tu bebé es como una masita que se queda acostadito en su cuna, mirando un móvil, y al mes siguiente ya puede estar sentado, jugando con una sonaja, y al siguiente ya se puede tener en pie durante un rato, y así. En este primer año, crecen rapidísimo. Del mismo modo, los días pasan volando: acabas de darle el desayuno cuando ya es hora de almorzar, y luego hay que dar el paseo de las tardes y ya enseguida se tienen que dormir. Eso te puede dar perspectiva: no importa tanto el pasado, ni lo que viene, sino ser testigo de lo presente.


6. La paciencia lo es todo. Ser bebé debe ser un poco frustrante: sabes exactamente qué quieres y cómo lo quieres, pero no puedes hacerte entender como quisieras. Y eso puede volver loca a mamá, sobre todo cuando tiene la sopa en la lumbre, la ropa en la lavadora, el fregadero lleno de trastos sucios y no se ha metido a bañar. Ni modo, hay que tener paciencia, respirar hondo y tratar de resolver lo que sea que esté pasando. Y también hay que tenerse paciencia una misma: ser mamá tampoco es fácil, pero no hay un jurado que esté determinando si lo estás haciendo bien, así que hay que tomárselo con calma y no exigirse demasiado a una misma.

7. No hay nada qué temer. Los adultos estamos llenos de miedos sobre las cosas nuevas, y con frecuencia nos quedamos en nuestra “zona de confort”. Tener un bebé en casa te muestra que en realidad, no hay nada qué temerle a la novedad. Ellos están en una etapa en la que, como dije, todo es nuevo, y no les da miedo probarlo. Seguramente tendrán una opinión muy clara de si les agrada o no cuando lo hayan hecho, pero en tanto, estarán dispuestos a estirar la mano para acariciar ese gato, abrir la boca para saborear la mandarina, escuchar los primeros acordes de esa canción. Un bebé no tiene prejuicios, y así su vida es mucho más rica y feliz que la de los adultos.


8. Todo puede esperar. Escena típica de mamá-esposa desesperada: tienes prisa por salir, porque se hace tarde para una cita con el pediatra, y no estás ni cerca de estar lista. Todavía en chanclas de baño, contestando un correo urgente, y aún tienes que cambiar el pañal y la ropa del bebé. Y el bebé en cuestión quiere jugar, y se mata de la risa de ver a mamá hacer fiestas para que se anime a cambiarse. Esa risa amerita mandar todo a la porra y ponerse a jugar. El pediatra será un profesional muy ocupado, pero escuchar la risa de tu bebé siempre será más importante. Son minutitos que así como vienen, se van.

9. Guía con el ejemplo. Creo que esto se ha dicho incansablemente, pero cuando tienes un bebé lo entiendes de verdad. Como todos los mamíferos, los humanos aprenden por imitación. Desde los primeros meses, ellos te están observando y te están aprendiendo. Así, de pronto sorprendes a tu pequeño de dos o tres meses haciendo tus mismos gestos. Sospecho que esto seguirá hasta bien entrada la vida de Amelia: ella me va a mirar, me va a aprender y me va a imitar. Eso me anima a tratar de darle un buen ejemplo.

10. Hay que divertirse. Un bebé es todo risas y diversión… hasta que hay que darle gotitas para la fiebre, o sacarle los mocos con una perita, o nebulizarlo. Uno de los consejos de mi madre fue hacerle pasar por juegos todas las cosas desagradables. A veces funciona, aunque confieso que a veces no se deja engañar, pero por lo menos, lo intentamos. Pero el punto es justamente que, en la vida, hay que divertirse, aun en los malos momentos. Tomarse la vida demasiado en serio es la receta segura para no vivirla a plenitud. Así lo creo.